Estábamos en Napoli, paseábamos a la deriva, entre esos edificios viejos tan típicos de todas las ciudades que alguna vez fueron españolas. Había limpia-vidrios y motorinos a toda velocidad en cada esquina. De pronto entramos a una de esas tiendas de puerto, había asiáticos y miles de millones de relojes... que sensación más espantosa y maravillosa en conjunto, los tic tacs diminutos que formaban un coro impresionante en todo el local, el sonido del tiempo y los pocos días que nos quedaban para estar juntos. Yo lo abrazaba, aún cuando sudábamos con el calor pegajoso del verano meridional.
Nessun commento:
Posta un commento
ecco!
Nota. Solo i membri di questo blog possono postare un commento.