Los días se hacen chiquitos, las tardes son cada día más rosas y las comidas más veloces. Mi rutina es deliciosamente asfixiante, totalitaria pero. Son bien poquitos los días en que vuelvo a casa con luz de día, el telefonino se ha convertido en un lugar por sí mismo y los trayectos están vueltos bibliotecas. Me gusta.
Lunes migracionales con tardes a la italiana, dulces como helado de vainilla cubierto con chocolate y nueces en la comisura de tus labios; risas transparentes, la vida simple, pensamientos despejados... nada de oficina, nada de argumentos estructurados, nada de historias complicadas, las cosas son porque son, sin más.
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